Subiendo por la carretera que es mi cuerpo, amurallada a la piel y con surcos porosos, encuentro el tunel-conexión que une mi esófago, mi tráquea y laringe con el resto de la superficie. Encuentro eso más comúnmente llamado "faringe" totalmente averiado, respondiendo a la batalla naval que hace jugar a mi salud con noes y no con síes (como si fuese fácil aprender a jugar o, mejor dicho "aprehender").
Abro los ojos, sana y ralajada, notando un nuevo día nacer en mi ventana. Abro los ojos un poco más, pensándote como primer sensación matutina o no, no importa. La cuestión es esta: mi apertura ocular. Los abro un poco más y sí, tengo ganas de bailar, correr y saltar. Diría yo (y no miento) que es una ansiedad completamente instantánea y espontánea.
También tengo ganas de gritar y de reirme ridículamente como sólo yo lo hago. ¿Y qué pasó que me cuesta tanto? No puedo hacerlo.
1 - Hago ese mismo ejercicio para que el ruido salga de mi boca.
2 - Tengo la sensación de que en instantes saldrá.
3 - Nunca sale, nunca escucho.
4 - No estoy sorda.
Ni bien intento hacer surgir una gota de voz, un efecto de mi cuerda vocal, no puedo. Estoy disfónica. Tengo quistes en las cuerdas vocales, tengo nodos, tengo piedras, tengo pollos y/o gallos, tengo moco, tengo humo, tengo zinc, tengo zanc, tengo smog y un poco de niebla: tengo lo que no quiero tener.
Y así como de repente, como una hipocondríaca que concentra toda su libido en la garganta, se me van las ganas de bailar, de correr o saltar. Ya no tengo ganas: ahora me raspa mi faringe.
Es que soy una persona ruidosa y no lo puedo evitar: me gusta bailar, sí, pero al ritmo de mis gritos.